sexta-feira, 5 de março de 2010

Cuando se cumplen 200 años del nacimiento de Fryderyk Chopin, Justo Romero, autor de Chopin, raíces de futuro, nos ayuda a desmitificar el perfil excesivamente blando y melancólico de un innovador implacable.







A pesar de ser uno de los compositores más populares de la historia de la música, Chopin es, al mismo tiempo, uno de los músicos más erróneamente apreciados. Un artista aparte, sin el menor parecido con cualquiera de los músicos de su tiempo, como reconocía su amigo Héctor Berlioz. Detrás de su aspecto asequible que parece tocar directamente al corazón sensible del oyente, su música oculta una personalidad “honda y violenta como un cráter en el océano”, por utilizar la expresión de su paisano Ignacy Jan Paderewski. “A Chopin”, escribe su amante George Sand, “no lo conoció, ni lo conoce todavía, la gran masa. Será menester que se operen grandes progresos en el gusto de la inteligencia del arte para que sus obras se popularicen. Llegará un día en que todo el mundo sepa que aquel genio tan inmenso, tan completo, tan sabio como cualquiera de los grandes maestros que asimiló, encerraba una individualidad más exquisita incluso que la de Johann Sebastian Bach, más poderosa todavía que la de Beethoven, más dramática incluso que la de Weber. Es como los tres juntos, pero también él mismo, es decir, más refinado en el gusto, más austero en la grandeza, más desgarrador en el valor”. Hoy, 200 años después de su nacimiento, estas palabras quizá exageradas se mantienen vigentes. Su modernidad implacable permanece intacta. Sin embargo, ni la musicología ni los maravillosos intérpretes que en los últimos decenios han acometido la obra de Chopin desde perspectivas alejadas de la cursilería han logrado ubicarle en el puesto que le corresponde entre los más rotundos innovadores de la historia de la música.

Justo ROMERO

http://www.elcultural.es/

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